Asociación Buscadores de Plenitud Érase una vez, un cielo de segunda clase, con nubes zurcidas a base de trozos de aquellos globos abandonados involuntariamente, por las débiles manos de los niños. 
Tomás era un ángel cuyo sueño era tocar frente al pequeño dios, el día de Navidad.
Tenía el tesoro de una vieja arpa, falta de pintura y de una cuerda, pero él, sobre su nube de pedazos de globos rojos azules y blancos, ensayaba todos los días de infinitas horas.
De vez en cuando un arcángel, pasaba a recoger algún trozo de aquellas nubes, para reciclar otras mayores y Tomás intentaba que le escuchasen tocando su amado y viejo instrumento. 
La nube a la que él amorosamente llamaba Serena, al ver a su amigo intentando llamar la atención sobre su manera de tocar el arpa, se hinchaba como un globo, para parecerse a las que eran de primera clase, y en ocasiones, de tanto intentarlo, se le escapaba el aire por alguno de los zurcidos y quedaba desmadejada y en el sótano del cielo de segunda, aunque Tomás -que era un ángel muy bueno- nunca se enfadaba con ella. 
Aquel día no pudo ensayar como de costumbre, por alguna razón, los hombres estaban alborotados y en la tierra no dejaban de lanzar fuego contra ellos mismos y contra el cielo. 
A la enfermería no paraban de llegar nubes heridas, rayos sin fuerza y truenos afónicos. 
Los pobrecitos ángeles del cielo de segunda clase estaban desbordados por el trabajo, y aunque Tomás de multiplicaba no daba abasto a tanto desastre. 
De golpe todo se quedó en silencio. La luz bajó envuelta en llanto. 
- El niño llora y Gabriel no está, la ira de los hombres le ha roto el arpa.
Tomás miró a Serena y ella se hinchó, llenándose de color y guiñándole un ojo de trozo de estrella.
- Me falta una cuerda. No he podido ensayar...
No importa -dijo la luz- El niño dios llora porque los gritos de los hombres que luchan no le permiten descansar por la pena.
- Y si yo toco mal? 
- Tu arpa calmará a los humanos, la música de la vida, pondrá murallas a la muerte y el niño podrá dormir nuevamente. 
Tomás se lavó las manos con el llanto de un muchacho que subió del mar. Tomó uno de sus negros y fuertes cabellos y arregló su arpa. 
La luz le subió junto a la cuna y Tomás tocó sobre Serena que dejó de tener parches de colores, al ver la sonrisa del niño que pudo dormir cuando los hombres escucharon por fin, la música de la paz tocada con todo el amor del cielo. 

Mabel Escribano
d.r.