Capítulo 1
30-04-2015

Publicado por: Norberto Ciciaro
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Asociación Buscadores de PlenitudNuevamente me encuentro volando, una costumbre que lleva casi 30 años. Esta vez por mandato y ya se sabe que, cuando se está trabajando, pues donde te envían allí vas.

Las luces de Madrid son maravillosas desde el cielo en la noche. Mi destino es Nueva York, una ciudad con sus esplendores propios pero que nunca me llamo la atención. Cruzando el océano recuerdo pensar: ¿Porqué este viaje no me lleva a África? ¡Como me hubiera gustado cambiar el destino! Pero, hoy, el destino me hacia cruzar nuevamente los mares.

Llegando a Nueva York el día despunta. No pude pegar los ojos durante el trayecto. El azul oceánico, el estar suspendido en el aire, saberme en viaje, cautiva y llena de adrenalina.

La ciudad en sí es, para mí, Central Park, ese océano verde en medio del gris cemento.

Rápidamente llego al hotel y me encuentro a la puerta de la habitación. Golpeo la puerta preparado para la incertidumbre. Abre la puerta un hombre de unos, pocos más, de 65 años, recto y de metro 85 de altura, y con una mirada acogedora. Esos segundos de primera impresión fueron contradictorios. No sé que esperaba encontrar pero si sé que no esperaba esa mirada. Una mirada de acogida, de bienvenida, una mirada de “Te estaba aguardando”.

Me llamo la atención su corte de cabello. Un cabello castaño oscuro, con apenas canas en las patillas, bien recortado que le daba un aire de saber estar. Un jersey de cuello alto de color beige, un saco sport de color oscuro a juego con el pantalón y zapatos de piel color guinda (como me gusta ese color!).

– Hola – dije cuando pude hablar.

Sonrió al escuchar que, al fin, pude hablar. El hombre me invito a pasar a la habitación con un ademan de la mano. Una de esas habitaciones de hotel que tienen recibidor con sus sofás, mesa pequeña, llena de luz y colores claros. Muy buen gusto. Las flores y la lámpara sobre la chimenea me gustaron mogollón. Me sentí cómodo pero expectante. Sentado en el sofá recibía la mirada sostenible del hombre. No quería beber nada y tampoco las galletas que me ofreció y eso que soy goloso.

La entrevista comenzó de esa manera: con silencio y miradas. Sentado frente a mí, el hombre cruzo las piernas y simplemente espero. Parecía estar a gusto. Le habían avisado que vendría?.

- Tú, ¿en Nueva York? – pregunté.

- Si, una ciudad como otra y cuando estás trabajando, vas donde te envían, ¿no?.

- ¿A qué has venido?

- Me han invitado a hacer una conferencia sobre el libro, simplemente hablar delante de la gente y un taller posterior.

No le he preguntado si era feliz, sabía que lo era. Todo su “estar” lo demostraba.

- ¿Dónde es tu residencia actual? ¿Vives en Nueva york?

- Vivimos en Italia. En Emilia Romagna la comunidad encima de la Toscana.

- ¿Dónde queda eso? ¿Como es que vives en Italia? – simplemente pensé.

- Vivimos? – eso sí pregunté.

- Estoy casado.

- ¿Con quién?- pregunté asustado.

- Con A.

- Imposible- pensé. Pero inmediatamente me vino la imagen de su convivencia. Desconcierto total.

Con la mirada, “esa” mirada, me dijo: Todo es posible en este mundo. No tengas miedo.

- ¿Que recuerdas de estos últimos años?

- El cansancio y los viajes. Me recuerdo a tu edad, cansado. Tranquilo, pero cansado. Venía trabajando hacia años en lo que sería mi proyecto de vida y, el trabajo interno, el trabajo externo y moverme por donde me enviaban, me producía cansancio. Sé que estaba en una época en que me resistía a lo inevitable y antes de, simplemente fluir, pues colocaba retrasos que producían cansancio. Tardé un tiempillo en dejar de resistirme pero aprendí mucho en esos años.

- ¿De que te sientes orgulloso?

- Del trabajo realizado con la gente. De las innumerables historias de vida aprendidas con ellos y ellas. De ayudarlos a vincularse con su propia diversidad, en la aceptación, y como esos pequeños milagros se multiplicaron por mil en aquellos que le rodean.

- ¿Que huellas has querido dejar con ese trabajo?

- Ninguna. Ninguna huella personal… Perdón, si he querido dejar una huella y es la que nuestro encuentro en esta vida tuviese sentido para ambos. A veces ha sido duro y a veces contradictorio.

- Si una persona como yo quisiera llegar donde estas tu: ¿que recomendarías que haga?.

- Solo te diría una cosa: focalízate. Ya has hecho la mitad del camino. Estas donde estas, ¿no?. Has entrado en el bosque, limpiado y elegido el camino y, encontrada la amplitud, ahora solo se necesita que no te disperses. Focalízate, te diría.

- ¿Como se llama el libro?

- “El aventurero de Dios”. Una recopilación de vivencias

- Guau, - pensé. Claro que sabía que Dios es una aventura en sí mismo. Pero caminar con Él, ¿te convierte en aventurero? Claro que si… una total revelación.

- ¿Como se te conoce hoy en día?

Otra vez “esa” mirada. Una mirada en que se auto cuestionaba: ¿cómo recibirá esto?

- Como David Carlos, el Aventurero de Dios.

La entrevista había terminado. No necesitaba saber más. Reconozco que nunca he querido saber mucho sobre mi futuro y, si no me hubieran enviado, pues no estaría en Nueva York.

Me dispuse a partir y despedirme.

Era necesario dar las gracias? Su mirada me decía que no. En su mirada, las gracias provenían de Él.

Igualmente quise escribirle una nota para que me recordara después. En ella decía lo siguiente:

“David Carlos: Deseo que tu vida en este momento sea aquella que te haga sentir cerca de Dios y de ti mismo. Hoy estoy trabajando para dejarte ese legado de la mejor manera que puedo. Si me he equivocado, y mis decisiones te han llevado hacia otros rumbos no deseados, te pido perdón por adelantado. Deseo hacerlo lo mejor posible. Veo que la buena voluntad es la actitud, pero hoy, no siempre lo consigo. Gracias y sé feliz. Norberto”.

Le entregue la nota y no pude dejar de notar, por milésima vez, esa mirada.

Tanto amor, tanta comprensión y orgullo de saberme allí viviendo y luchando. Me recordó la vez anterior que, siendo adolescente, me encontré con mi yo adulto.

Era hora de regresar. Lo mire despidiéndome con la mirada.

Volví a coger el vuelo de regreso a Madrid, a 20 años atrás, con la sensación de que un propósito se había gestado en mí: Focalizar.